sábado, 9 de octubre de 2021

El fantasma que no podía dormir


Bubú, el fantasma que vivía en el cementerio, estaba atravesando un gran problema. No podía dormir durante el día, como acostumbraban hacerlo sus amigos. Cuando el sol sonreía a las mañanas, lo encontraba con los ojos bien abiertos, como faroles de automóvil. Mientras sus amigos volvían de sus andanzas nocturnas, cansados y somnolientos, él estiraba las piernas, después de haber dormido toda la noche.

Sucedía que Bubú era un fantasma muy travieso. En vez de asustar a la gente por las noches, como era la costumbrado, prefería invertir las horas del día en apagar las velas que encendían los visitantes, voltear las fotos de sus familiares y cambiar, de una tumba a otra, los ramilletes de flores. Ante esta situación, los visitantes se quejaban. Los vigilantes no sabían qué hacer; por más que pusieran atención, no lograban atrapar al causante de alterar la tranquilidad de aquel lugar. Bubú reía a carcajadas silenciosas.

Él no siempre fue así. Cuando vivía en el mundo de los vivos, era el alumno más estudioso de la escuela. A la hora del recreo, en vez de jugar con sus compañeros de clase, optaba por otras cosas. En el patio, le era fascinante observar a las caravanas de hormigas, a los pajaritos en sus nidos y a las inquietas mariposas.

—Seré un científico —, se decía.  

No pudo hacerlo porque tuvo que mudarse a ese lugar donde todo era demasiado tranquilo y silencioso. La verdad es que todo le resultaba muy aburrido. 

Como si eso fuera poco, la Comunidad Fantasmal tenía prohibido atravesar los límites del cementerio, antes de que la luna se asentara en el centro del cielo. Bubú se preguntaba por qué. Había olvidado su vida anterior. La curiosidad lo llevó a averiguar qué pasaba debajo de la luz del sol, más allá de las altas rejas. Tal vez, los días eran más divertidos que las noches. Y, afuera, todo pudiera ser más bonito. El sentido de investigación que tuvo en la escuela, apareció para hacerle tomar la decisión de averiguar. En la mañana, cuando vio que todos estaban durmiendo, aprovechó para escapar. Apenas llegó a la calle, se sorprendió:

—Caray, ¡cuántas personas y cuántos carros! —exclamó.

A las pocas cuadras, regresó:

—¿Eso es todo? Quizás, debí alejarme un poco más... Mañana lo haré.

Así fue. Entonces, recorrió muchas calles y avenidas. ¡Qué bonitas eran las casas y los edificios! Más adelante, vio una escuela. Se detuvo frente a la ventana de un salón de clases lleno de niños. Pensó: ¿Qué pasaría si entro y… ¡Buuuuu!, los asusto? Sonrió. Las normas fantasmagóricas eran claras: Los fantasmas sólo deben asustar en la oscuridad. Además, él era travieso; no un malvado. A media tarde, decidió regresar.

—Mañana iré más lejos.

No durmió lo suficiente. Hizo la ronda nocturna, en medio de grandes bostezos.

Apenas amaneció, volvió a irse. Volaba acompañado de una brisa fresca. Atravesó los límites de la ciudad. Desde las alturas, podía observar los verdes campos y las suaves colinas. Una bandada de aves, en sincronía perfecta, lo acompañó hasta un bosque, al pie de la montaña.

Sólo se oía el cuchicheo del viento. Bubú contempló la belleza de las flores y el colorido de las mariposas, como lo hacía antes. El tiempo se le pasó, arrullado por la cascada y el trino de los pájaros:

—Todo esto es muy lindo, pero, debo regresar.

Pronto comenzarían las rondas fantasmales y él no deseaba que notaran su ausencia. Regresó tan rápido, como su cuerpo transparente se lo permitió. Un poquito más, y no hubiera podido escapar del castigo por desobediencia.

Mientras los fantasmas andaban por la ciudad, él, sin haber pegado un ojo durante el día, cayó dormido sobre la grama. Cuando escuchó a sus amigos que estaban de vuelta, se les acercó, como si, también, él hubiera hecho lo mismo. Al amanecer, mientras todos dormían, Bubú estaba completamente despierto:

—Puedo irme tranquilo.

Volvió al bosque. Unos niños jugaban y otros subían las laderas de la montaña. Se alejó de ellos. Llegó a un riachuelo. El aroma de los eucaliptos le cosquillaba la nariz. Le gustó la calma del entorno.

—¡Me quedaría aquí, eternamente! —exclamó, después de un profundo suspiro.

Las risas llamaron su atención. Eran unos niños que lanzaban piedras a un nido. Los pajaritos no sabían qué hacer. Bubú sintió que se erizaban los vellos de su piel traslúcida. Tengo qué hacer algo al respecto, pensó.

—Buuuuuu… Buuuuu…

Nadie lo oyó.

Buuuuuu… Buuuuu…

Tampoco. Recordó que, por muy fuerte que lo hiciera, no lo escucharían. La ley fantasmagórica era así: A la luz del día, los fantasmas pierden su poder. ¿Qué podía hacer, entonces? Los niños se alejaron.  

—Espero que no regresen —dijo, en un susurro.

Los pajaritos lo escucharon.

—Por poco tiempo, siempre vuelven. Todos, en el bosque, vivimos asustados.

Bubú se quedó pensando. Si pedía ayuda a la Comunidad Fantasmal, lo castigaban por indisciplina…Si no, los niños terminarían por lastimarlos. Llegó al cementerio, sin haber dormido. Sin embargo, esa noche no pudo cerrar los ojos.

Pasó el día deambulando, como zombie. La preocupación no lo dejaba tranquilo. Los pobres pajaritos seguirían sufriendo. Decidió hablar con el Anciano Venerable de los Fantasmas. Después de escucharlo, el Anciano dijo:

—Otro día, te diré cuál va a ser tu castigo. Por ahora, hay que auxiliarlos. Los fantasmas tenemos un secreto que nos permite ayudar a las criaturas indefensas.

Se lo dijo al oído y continuó:

—Sólo debes aprender a usar ese poder. El "Buuuu… Buuuu…" es para otras ocasiones. ¡Ve y que te guíe tu buena intención!  

Llegó a tiempo. Los niños afinaban la puntería. Lanzaron las piedras y nadie atinó. Asombrados, vieron como el nido saltaba de una rama a otra. Lo intentaron otra vez. El nido volvió a elevarse. 

—¿Vieron eso? —preguntó uno.

El bravucón, haciendo gala de valentía contestó:

—¿Qué? Yo no he visto nada.

Volvieron a tirar. Ahora, en vez de otra rama, el nido cambió de árbol.

—El bosque como que está embrujado… —dijeron.

Se miraron unos a otros antes. El primero en correr, fue el bravucón:

—Mamáaaaaaa………

El fantasma y los pajaritos reían a carcajadas. Bubú tomó el nido y lo regresó a su lugar.

Todos se enteraron de lo que pasó. Los niños dejaron de atacar a los pájaros del bosque. Bubú estaba muy contento por la misión cumplida y pudo dormir cuando le correspondía. La Comunidad Fantasmal lo felicitó su noble acción. ¿El castigo? Ninguno. El fantasmita no dejó de experimentar nuevas aventuras, siempre con el permiso del Anciano Venerable.

Olga Cortez Barbera

Imagen: Freepik - Vector gratis

 

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