viernes, 10 de diciembre de 2021

Un regalo de Navidad para Lorenzo



Entre las paredes de su nuevo destino, él no lograba entender por qué estaba encerrado en una jaula. Al mirar a sus compañeros, se dio cuenta de que también sentían una tristeza, tan larga, como la corriente del río a donde lo llevaban de vacaciones. Algunos de ellos fueron atrapados en la calle; otros, abandonados por sus propias familias humanas porque, de repente, se habían convertido en mascotas ancianas o fastidiosas. No importaba que hubieran sido los seres más fieles y leales.

El día que lo echaron del cuarto entendió, con toda la pena de su corazón canino, que se habían acabado los mimos y los besitos que tanto le gustaban. Al contrario, los rechazos, desde entonces, no pararon:

—¡Aléjate de la cuna!

—¡Sal del cuarto!

—¡Bájate del mueble, que lo llenas de pelos!

Nadie le explicó que, en ocasiones, por temor o desconocimiento, los humanos tomaban decisiones poco agradables para sus mascotas. La tarde que dejó de ser el más consentido de la familia y lo mudaron al patio, porque un bebé había llegado a casa, pudo percibir que nada volvería a ser igual.

A pesar de los saltos y los ladridos de bienvenida, no lo dejaron acercarse a él, como si fuera capaz de arañarlo. Eso era propio del Michu, que deshilachaba las cortinas, antes de que se lo llevaran los vecinos. En el patio, el inseparable almohadón que arrastraba a todas partes y donde dormía, cuando los demás miraban el televisor, se convirtió en algo áspero en las noches frías de luna, o sin ella.

Tal vez, si hubiera hecho caso, las cosas habrían sido distintas, pero, la puerta estaba abierta… Y si, acaso, había un culpable, ese era el árbol de navidad. ¿Quién podía resistirse a tantas bolas a su alcance? Eran parecidas a las que le habían regalado en las épocas de su juventud, cuando a todos les encantaba jugar con él. Ahora quería una de esas. Porque la verdad era que tenía un alma de cachorro que no podía doblegar el paso de los años.

¡Vaya, qué poca fortaleza la de ese árbol! Apenas comenzó a mordisquear las bolas, ¡cataplum!, el enramado se vino al suelo con todo el guindalejo que llevaba encima. En ningún momento se le ocurrió relacionar la caída con su sobrepeso. De nada le valió correr al patio y esconderse entre los arbustos.

—¡Basta, no lo aguanto más! —exclamó el humano de la casa.

Ahora, tirado en el suelo de aquel sitio extraño, se la pasaba deseando dormir y no despertar jamás. ¡Ojalá que todas las garrapatas del mundo vinieran y lo devoraran! Sin embargo, la suerte lo acompañó. En un descuido del vigilante, ¡zas!, escapó Era la oportunidad de regresar a su añorado hogar. El patio siempre sería mejor que aquella jaula.

Corrió de un lado a otro, atravesando calles y avenidas, sin ningún resultado. Todas eran iguales para él. Al paso de las horas, se dio cuenta de que andaba perdido. Ya no era un perro joven y el olfato no le servía de mucho. Asustado y hambriento, en un callejón abandonado, se dispuso a pasar la noche.

Había llovido y los pozos de agua abundaban. La imagen en uno de ellos atrapó su atención. Estiró una pata para tocarla, pero la luna se deshizo en suaves ondas. Recordó lo que le pasó cuando quiso tocar la imagen del humano. Al escuchar la risa, se dio cuenta de que reía a sus espaldas y no en el espejo. Dio un salto a la cama para lamerle el rostro. Ahora, el humano y la luna estaban demasiado lejos. Casi se dormía, cuando escuchó un ladrido:

—¡Guau! ¿Qué te trae por aquí? —preguntó Gigantón, un perro mestizo que salió de las sombras.

—Estoy cansado y quiero dormir.

—Se nota que eres un sometido. ¡Mira nada más el collar que traes! Los de tu clase no deberían andar por estos barrios oscuros y peligrosos.

—Quiero regresar a mi casa y no puedo encontrarla.

—Si te echaron, mejor te acostumbras. Ya he conocido a varios como tú. No te preocupes, pronto aprenderás cómo es la vida en las calles.

Al principio, todo le parecía una gran aventura. La libertad no era subirse a las camas, saltar a los muebles, correr en el patio de la casa o en el parque con vallas. Para él y sus amigos, esto último era lo máximo, aunque, de vez en cuando, alguno se preguntara qué había más allá. Después, al recibir los mimos humanos, la curiosidad dejaba de tener importancia. Ahora, en compañía de Gigantón, se sentía como una guacamaya en el cielo.

A medida que pasaba el tiempo, comprendía que vivir en la calle no era fácil, empezando por la comida. Los desperdicios, cuando los encontraban, no eran comparables con las croquetas aderezadas que le daban en casa. Optó por despreciarlos. A los pocos días, los gruñidos en el estómago le hicieron cambiar de opinión.

La intemperie era un suplicio. No estaba acostumbrado a dormir en el suelo. Aún en el patio, tenía su camita acolchada. Y qué decir de los baños periódicos que lo mantenían alejado de las pulgas. Era una gran molestia tener que rascarse con frecuencia. Con todo, sucio, enmarañado y, en ocasiones, hambriento, sentía que la vida en las calles era soportable, mientras Gigantón estuviera a su lado. Una mañana, para su infortunio, no pudo despertarlo.

Solo y triste, vagaba a la par del tiempo que le hacía sentirse, cada vez, más cansado. Una tarde, vio al humano que lo había abandonado. Caminó hacia él, meneando la cola, como en los viejos tiempos. El humano apenas lo miró y subió al carro. Haciendo un gran esfuerzo corrió, tras él, un largo trecho, hasta que no pudo más. La tristeza, en sus ojos, se hizo mayor.

Una noche, (¡quién sabe cuánto tiempo después!), se sintió atraído por las luces del árbol de navidad, a la entrada de un conjunto residencial. Recordó su vida anterior y, con la sencillez de las almas caninas, deseó, no volver a un hogar donde no lo querían, si no a uno en el que pudiera descansar el peso de sus largos años. Con ese pensamiento, se durmió debajo del árbol de navidad.

Las voces y los ladridos lo despertaron. Venían de un parque cercano. A pesar del polvo por los caminos recorridos, seguía siendo un perro adorable. Le fue fácil ser aceptado. Pronto se hizo amigo de los humanos y sus mascotas. No tardaron en llevarlo al veterinario. Fue un alivio librarse de las pulgas. Lo aceptaron como a un miembro más de la urbanización.

—¿Cómo lo llamaremos? —dijo alguien.

—¿Qué les parece si le ponemos Lorenzo? —dijo otro.

Lorenzo… Volver a tener un nombre le hizo saltar de alegría. Atrás quedaba el eco del anterior y la vida ruda.

A Lorenzo le gustaba caminar por los alrededores, lucir su nuevo collar y saludar a las mascotas, cuando las sacaban a pasear. En el parque, si corría con ellas, siempre quedaba rezagado porque ya tenía la edad de los perros sabios. Disfrutaba de las caricias y las croquetas que le llevaban los vecinos.  

La Nochebuena lo encontró contemplando los balcones. Le hubiera gustado estar asomado en uno de ellos, como sus nuevos amigos, ladrando alegremente a todos los que pasaban. Estaba convencido de que eso no era posible. ¿Quién querría cuidar a un perro tan viejo?  Al rato, la luna vigilaba su sueño.

Aún el sol no salía, cuando escuchó la voz:

—Lorenzo, despierta, vamos a casa. Desde hoy, vivirás conmigo.

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Olga Cortez Barbera

 

Pixabay: Fotos Gratis

 


domingo, 31 de octubre de 2021

Una mariposa orgullosa


En la selva, a un costado de la montaña, todo era perfecto. La cascada cantaba sin parar y las flores coqueteaban con el cielo azul. Monarca, la Mariposa Real, había puesto sus esfuerzos en obtener un espacio donde sus súbditos pudieran revolotear en completa armonía. Cuando la lluvia las visitaba, era una especie de rocío que les humedecía las alas. Estas brillaban como sutiles arcoíris. En ese espacio, sólo las mariposas eran aceptadas.

Para que las cosas funcionaran, como ella deseaba, había que cumplir con ciertas normas: no traspasar los límites de esa parte de la selva, ni compartir con extraños, entre otras. Los padres aconsejaban a sus hijas, y estas, obedientes, jugaban a la ronda, entre los juncos y la flores. Las mariposas menores, como los niños, eran curiosas. A veces, descansando sobre los pétalos veían, en la distancia, las suaves colinas. Comentaban, entre ellas, que les gustaría explorar aquel mundo misterioso. La más revoltosa y atrevida, decidió averiguar.

—¡Ten cuidado! —exclamaron sus compañeras.

Sacudió sus antenas y se alejó muy contenta. Explorando aquí y jugando allá, llegó a una arboleda donde un coro de zumbidos atrajo su atención. Eran las abejas que trabajaban en su casa, un panal construido entre las ramas. La pequeña mariposa se asombró con tanto movimiento. Una abeja se acercó:

—Hola, ¿quién eres? — preguntó a la mariposa.

—¿Qué están haciendo? — le respondió ella, con otra pregunta.

—Fabricando miel para cuando llegue el invierno. ¿Quieres jugar conmigo?

—¡Claro! Me gustaría que fueras mi amiga.

Surcaron el aire hasta la orilla de un río, donde pasaron las horas retozando sin cansarse, escapando de la lengua cazadora de los sapos y haciéndoles cosquillas a las narices de los monos. La mariposa nunca se había divertido tanto. Sin embargo, al llegar el atardecer, le dijo a su amiga que era el momento de volver a casa.

—¿No puedes quedarte un poco más? —preguntó la abeja—.  Falta poco para que veas cómo la luna se mira en el río.  

—Si no me voy ahora, seguro que me llaman la atención.

La pequeña mariposa le pidió a la abeja que la acompañara. Deseaba que todas conocieran a su nueva amiga. No imaginó que tropezaría contra la voluntad de Monarca. Esta no podía permitir que las agraciadas mariposas se mezclaran, según su opinión, con la fealdad de otros insectos.

—¡Aléjala de aquí! —exclamó, mientras volaba a otro lado.

 La abeja, al ver a su amiga, avergonzada, le hizo un guiño:

—No te preocupes, ya encontraremos la forma de continuar nuestra amistad.

La mariposita era rebelde. Al amanecer, en un descuido, decidió volver a la arboleda. A excepción de la abeja reina, todas habían volado hacia las florestas. Aburrida, decidió ir al río. En el camino tropezó con una luciérnaga que aleteaba, de un lado a otro, lamentando su suerte:

— ¿Qué te sucede? —le preguntó la mariposa.

—Una verdadera desgracia. El sol secó los pantanos donde vivimos y no encuentro dónde llevar a mi familia.

La mariposa rebelde era solidaria. Sin medir las consecuencias, le ofreció ayuda: 

—Yo vivo en un campo lleno de flores. Una cascada canta a toda hora. Si te parece, pueden quedarse allí el tiempo que sea necesario.

Cuando Monarca la vio llegar con las luciérnagas, dominada por su orgullo, protestó:

—¡¿Eres tonta?! ¿Cuántas veces tengo que decirlo? ¡No estoy dispuesta a compartir mis dominios, menos con esa plaga sin gracia!

La mariposa se sonrojó. Eso no la detuvo para auxiliar a sus recientes amigas.

—Tengo una idea —les dijo.

Las llevó a la arboleda, esperando contar con la bondad de las abejas. Las luciérnagas encontraron cobijo.

A los dominios de Monarca no habían llegado los rumores de lo que sucedía al otro lado de sus fronteras. El desastre la tomó desprevenida. El clima, que hacía y deshacía a su capricho, estaba causando estragos por toda la selva. Se asustó cuando las nubes grises cubrieron el cielo, antes de estallar la tormenta. La oscuridad le impedía ver más allá de su nariz. Las flores recogieron sus pétalos para soportar lo que les venía. Monarca comprendió que podían morir de hambre y de frío.

Todas estaban aterradas. La solidaria mariposita frunció el ceño; no iba a quedarse con las alas cruzadas. Conocía bien el camino y eso le facilitaba ir en busca de ayuda. Sin pensarlo más, atravesó los aires. En la arboleda la recibieron sus amigas. La tempestad afectaba a todos los habitantes de la selva; sin embargo, no dudaron en auxiliarla. La luciérnaga se ofreció a regresar con ella.

Monarca, ocultando el miedo que casi le paralizaba las alas, las vio llegar. Quiso elevar la protesta, pero, viendo que la tormenta estaba por romper, lo pensó mejor. Si se ponía con muchos remilgos, era posible que la dejaran abandonada. Sin más, se unió al enjambre que seguía a la luciérnaga. La colita encendida era una lámpara a través de la oscuridad.

Nada más llegar a la arboleda, Monarca comenzó a sentirse bien. Comprobó que los problemas compartidos eran menores. A pesar del mal tiempo, reinaba la alegría, entre las dulces gotas de miel y el calor de la amistad. Decidió dejar al lado su orgullo y su afán de criticar a los demás:

—Si las miro bien, no son feas —se dijo—; las luciérnagas parecen estrellas, y las abejas, florecitas.

Recordó que ella, antes de ser la preciosa mariposa que era, había sido una oruga, no muy agraciada, por cierto. Extendió las alas y revoloteó como nunca antes lo había hecho. Desde entonces, no hubo amiga mejor.

Olga Cortez Barbera

 

Imagen: 123RF Con jardín de mariposas - Libre de derechos


miércoles, 20 de octubre de 2021

La casa de Tía Moma


 

Sí, la casa de tía Moma es maravillosa, pero, al oscurecer, cuando los habitantes del pueblo duermen, se sumerge en un abismo de tinieblas. Entonces, la hiedra trepa por las paredes, las arañas abandonan los escondites y los murciélagos salen de las sombras.

Durante el día la casa es encantadora. Cuando los hilos de sol se mezclan con los jirones de la madrugada y el cielo se pinta de rosado, resplandece como una estrella de colores. Sobre las tejas, las palomas picotean entre gorjeos. Por las ventanas abiertas, las cortinas parecen girasoles que juegan con el viento.

Deliciosos aromas escapan a la calle y despiertan el apetito de los niños que van a la escuela. Dicen que, si alguien pasa un dedo sobre las paredes y lo lame, siente los sabores del caramelo, la vainilla y el chocolate. Más, cuando llega la noche, todo cambia.

No existe una persona en el pueblo que pueda decir quién la construyó, ni cómo ni cuándo. De repente, un día estaba allí, hermosa y acogedora. Tía Moma llegó después. Una mañana, los vecinos la encontraron quitando las hojas secas del jardín. Para los pobladores fue como si ella viviera allí desde siempre. 

Las flores, los pájaros y los ricos aromas de la cocina comenzaron a atraer a los niños. A la gente le parecía normal que ellos, después de clases, visitaran a la dulce Tía. Se hizo costumbre que las risas infantiles recorrieran los patios y las habitaciones y que escaparan, como canarios, por las ventanas. Los enjambres de mariposas aumentaban la belleza del jardín.

El rumor llegaba a todos partes: Tía Moma poseía un sinfín de juguetes, pelotas de jugadores famosos y computadoras. Sí, aunque ella fuera una señora muy viejita. Los niños podían pasar el tiempo que quisieran navegando por Internet. Allí nada era imposible.

De pronto, comenzó a pasar algo inexplicable. Aunque el sol alumbraba como de costumbre, todo palidecía como si se cubriera de una sombra fantasmal. Los niños, sin ninguna razón, entristecían.

Los padres y los maestros comenzaron a observarlos. Así se dieron cuenta de que, cuanto más tiempo pasaban con Moma, más grande era la tristeza y más hermosa la casa. Tía Moma era una anciana cariñosa; sin embargo, había que investigar. 

En las afueras del pueblo moraba un sabio que conocía las historias de todas las casas: desde las cuevas de los cavernícolas hasta las altas edificaciones de las ciudades. La gente no dudó en acudir a él. El hombre sabio les dijo:

—Creo que es el momento de sacudirles la memoria.

Hubo un tiempo en que esa casa fue feliz. Disfrutaba de las risas de los niños, el trino de las aves y las fragancias del jardín. Se creía ajena a la soledad. Un día, sus habitantes se fueron; ella los esperó mucho tiempo.  

Cuando el jardín dejó de florecer y los pájaros se alejaron, se hundió en la melancolía. Sin poderlo evitar, puertas y ventanas se rindieron al abandono. El matorral cubrió la fachada. No era raro que la gente hiciera comentarios: “¡Qué fea se ha puesto!”, “¡Es una vergüenza para la urbanización!”, “¡Deberían derrumbarla!”

Los niños comenzaron a decir que, desde el jardín, veían ojos diabólicos a través de los cristales rotos. Tal vez, la casa estaba invadida, además de ratones, por brujas y hechiceros. Si un gato en acecho hacía crujir la hierba seca, todos escapan dando enormes alaridos:

—¡Ahhhhhhhhh, corran que nos atrapan!

La casa, antes tan bonita, apartó la melancolía para transformarse en una cáscara maléfica.

Cuando el sabio dejó de hablar, todos se miraban, asustados. Entonces, ¿cómo era que la casa lucía tan hermosa? Sólo era posible si se encontraba bajo la influencia de un hechizo. ¿Los niños sufrían algún malvado encantamiento?

—¡Vamos allá! —gritaron todos—. ¡Debemos acabar con la anciana siniestra!

Tía Moma ya no era gentil ni bondadosa.

—¡Esperen! —gritó el sabio—, debo decirles cómo enfrentarla.

Nadie lo escuchó.

Con el estruendo de voces, Tía Moma se asomó a la ventana. No mostró sorpresa. Los hizo pasar, sonriendo, más encantadora que nunca. Hombres y mujeres se maravillaron frente a las cosas que veían.

La casa les ofrecía aquellos juguetes que, en su infancia, los hicieron tan felices. En un instante, todos jugaban como niños. Entre tanto regocijo, la gente olvidó de nuevo. Tía Moma sonreía y la casa deslumbraba, como nunca. El aleteo de las mariposas pintó la tarde de colores.

Es media noche. La luna se abriga con las nubes invernales. Tía Moma juega con las mariposas en cautiverio. Cada vez son más. Qué importa que la casa esté espantosa. Será por unas horas, cuando todos duermen y no la ven, cuando todos sueñan y no la visitan. En la mañana, apenas la luz estire los brazos, liberará a las delicadas cautivas. Cada una es un trocito de alegría del pueblo. La alegría embellece. La casa nunca más estará sola. Tía Moma es el alma de la casa. Ella está feliz.

Olga Cortez Barbera

Imagen: Public Domaine


sábado, 9 de octubre de 2021

El fantasma que no podía dormir


Bubú, el fantasma que vivía en el cementerio, estaba atravesando un gran problema. No podía dormir durante el día, como acostumbraban hacerlo sus amigos. Cuando el sol sonreía a las mañanas, lo encontraba con los ojos bien abiertos, como faroles de automóvil. Mientras sus amigos volvían de sus andanzas nocturnas, cansados y somnolientos, él estiraba las piernas, después de haber dormido toda la noche.

Sucedía que Bubú era un fantasma muy travieso. En vez de asustar a la gente por las noches, como era la costumbrado, prefería invertir las horas del día en apagar las velas que encendían los visitantes, voltear las fotos de sus familiares y cambiar, de una tumba a otra, los ramilletes de flores. Ante esta situación, los visitantes se quejaban. Los vigilantes no sabían qué hacer; por más que pusieran atención, no lograban atrapar al causante de alterar la tranquilidad de aquel lugar. Bubú reía a carcajadas silenciosas.

Él no siempre fue así. Cuando vivía en el mundo de los vivos, era el alumno más estudioso de la escuela. A la hora del recreo, en vez de jugar con sus compañeros de clase, optaba por otras cosas. En el patio, le era fascinante observar a las caravanas de hormigas, a los pajaritos en sus nidos y a las inquietas mariposas.

—Seré un científico —, se decía.  

No pudo hacerlo porque tuvo que mudarse a ese lugar donde todo era demasiado tranquilo y silencioso. La verdad es que todo le resultaba muy aburrido. 

Como si eso fuera poco, la Comunidad Fantasmal tenía prohibido atravesar los límites del cementerio, antes de que la luna se asentara en el centro del cielo. Bubú se preguntaba por qué. Había olvidado su vida anterior. La curiosidad lo llevó a averiguar qué pasaba debajo de la luz del sol, más allá de las altas rejas. Tal vez, los días eran más divertidos que las noches. Y, afuera, todo pudiera ser más bonito. El sentido de investigación que tuvo en la escuela, apareció para hacerle tomar la decisión de averiguar. En la mañana, cuando vio que todos estaban durmiendo, aprovechó para escapar. Apenas llegó a la calle, se sorprendió:

—Caray, ¡cuántas personas y cuántos carros! —exclamó.

A las pocas cuadras, regresó:

—¿Eso es todo? Quizás, debí alejarme un poco más... Mañana lo haré.

Así fue. Entonces, recorrió muchas calles y avenidas. ¡Qué bonitas eran las casas y los edificios! Más adelante, vio una escuela. Se detuvo frente a la ventana de un salón de clases lleno de niños. Pensó: ¿Qué pasaría si entro y… ¡Buuuuu!, los asusto? Sonrió. Las normas fantasmagóricas eran claras: Los fantasmas sólo deben asustar en la oscuridad. Además, él era travieso; no un malvado. A media tarde, decidió regresar.

—Mañana iré más lejos.

No durmió lo suficiente. Hizo la ronda nocturna, en medio de grandes bostezos.

Apenas amaneció, volvió a irse. Volaba acompañado de una brisa fresca. Atravesó los límites de la ciudad. Desde las alturas, podía observar los verdes campos y las suaves colinas. Una bandada de aves, en sincronía perfecta, lo acompañó hasta un bosque, al pie de la montaña.

Sólo se oía el cuchicheo del viento. Bubú contempló la belleza de las flores y el colorido de las mariposas, como lo hacía antes. El tiempo se le pasó, arrullado por la cascada y el trino de los pájaros:

—Todo esto es muy lindo, pero, debo regresar.

Pronto comenzarían las rondas fantasmales y él no deseaba que notaran su ausencia. Regresó tan rápido, como su cuerpo transparente se lo permitió. Un poquito más, y no hubiera podido escapar del castigo por desobediencia.

Mientras los fantasmas andaban por la ciudad, él, sin haber pegado un ojo durante el día, cayó dormido sobre la grama. Cuando escuchó a sus amigos que estaban de vuelta, se les acercó, como si, también, él hubiera hecho lo mismo. Al amanecer, mientras todos dormían, Bubú estaba completamente despierto:

—Puedo irme tranquilo.

Volvió al bosque. Unos niños jugaban y otros subían las laderas de la montaña. Se alejó de ellos. Llegó a un riachuelo. El aroma de los eucaliptos le cosquillaba la nariz. Le gustó la calma del entorno.

—¡Me quedaría aquí, eternamente! —exclamó, después de un profundo suspiro.

Las risas llamaron su atención. Eran unos niños que lanzaban piedras a un nido. Los pajaritos no sabían qué hacer. Bubú sintió que se erizaban los vellos de su piel traslúcida. Tengo qué hacer algo al respecto, pensó.

—Buuuuuu… Buuuuu…

Nadie lo oyó.

Buuuuuu… Buuuuu…

Tampoco. Recordó que, por muy fuerte que lo hiciera, no lo escucharían. La ley fantasmagórica era así: A la luz del día, los fantasmas pierden su poder. ¿Qué podía hacer, entonces? Los niños se alejaron.  

—Espero que no regresen —dijo, en un susurro.

Los pajaritos lo escucharon.

—Por poco tiempo, siempre vuelven. Todos, en el bosque, vivimos asustados.

Bubú se quedó pensando. Si pedía ayuda a la Comunidad Fantasmal, lo castigaban por indisciplina…Si no, los niños terminarían por lastimarlos. Llegó al cementerio, sin haber dormido. Sin embargo, esa noche no pudo cerrar los ojos.

Pasó el día deambulando, como zombie. La preocupación no lo dejaba tranquilo. Los pobres pajaritos seguirían sufriendo. Decidió hablar con el Anciano Venerable de los Fantasmas. Después de escucharlo, el Anciano dijo:

—Otro día, te diré cuál va a ser tu castigo. Por ahora, hay que auxiliarlos. Los fantasmas tenemos un secreto que nos permite ayudar a las criaturas indefensas.

Se lo dijo al oído y continuó:

—Sólo debes aprender a usar ese poder. El "Buuuu… Buuuu…" es para otras ocasiones. ¡Ve y que te guíe tu buena intención!  

Llegó a tiempo. Los niños afinaban la puntería. Lanzaron las piedras y nadie atinó. Asombrados, vieron como el nido saltaba de una rama a otra. Lo intentaron otra vez. El nido volvió a elevarse. 

—¿Vieron eso? —preguntó uno.

El bravucón, haciendo gala de valentía contestó:

—¿Qué? Yo no he visto nada.

Volvieron a tirar. Ahora, en vez de otra rama, el nido cambió de árbol.

—El bosque como que está embrujado… —dijeron.

Se miraron unos a otros antes. El primero en correr, fue el bravucón:

—Mamáaaaaaa………

El fantasma y los pajaritos reían a carcajadas. Bubú tomó el nido y lo regresó a su lugar.

Todos se enteraron de lo que pasó. Los niños dejaron de atacar a los pájaros del bosque. Bubú estaba muy contento por la misión cumplida y pudo dormir cuando le correspondía. La Comunidad Fantasmal lo felicitó su noble acción. ¿El castigo? Ninguno. El fantasmita no dejó de experimentar nuevas aventuras, siempre con el permiso del Anciano Venerable.

Olga Cortez Barbera

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