lunes, 28 de marzo de 2022

La iguana mundana


 

Desde el techo de un corral, mientras el sol jugaba con las nubes, la pequeña iguana murmuró: “Quiero conocer lo que existe más allá del horizonte”. En la granja, nadie le podía contar porque nadie había ido tan lejos. Todos estaban muy contentos con la vida en el campo; no les atraían otros lugares del mundo.

—¡Qué falta de curiosidad! —dijo, con un toque de desdén.

A toda hora hablaba de su viaje. Los amigos intentaron prevenirla sobre los riesgos que podía correr. En vez de escucharlos, prefirió dejar de hablarles. Un día, subió al guardafango de un automóvil que iba a la ciudad. Eso levantó, entre sus compañeros, algunos comentarios:

—Quiquiriquí, la iguana se va y parece muy feliz.

—Cua, cua, la engreída se irá, sin siquiera mirar atrás

—Muuuu, se la da de fina y no se va en autobús.

—Beee, muy pronto, se los digo, la veremos otra vez.

La carretera le pareció larga y poco interesante. Estaba aburrida de ver siempre lo mismo. El caballo que pasó vacaciones en el establo, le había llenado la cabeza con las historias de sus viajes. Por eso, ella estaba decidida a recorrer la gran ciudad.

Una vez allí, se infló como un globo.

—Ahora seré una iguana mundana —exclamó, sintiéndose superior al resto de los seres vivos.  

Le encantó lo que veía: la gente que iba y venía, las largas avenidas, los altos edificios. Hasta el sol brillaba diferente. Nada comparable a aquella granja perdida entre árboles y pájaros. Saltó del guardafango y, como una turista experimentada, exploró los alrededores.

Al atardecer cansada y hambrienta, decidió descansar en el parque. No se dio cuenta que un gato iba detrás de ella, hasta que sintió que la alzaban por la cola:

—Miau, preciosa, ¿qué te trae por estos lares?

El gato era tan grande que la iguana casi se desmaya.

—Sólo paseaba por aquí —contestó, tratando de ocultar el terror que la hacía temblar, sin poderlo evitar.

Temía que la viera como un exquisito manjar. La iguana era vanidosa y se creía lo mejor de lo mejor. Ella no estaba dispuesta a convertirse en un bocado. Así que lo mordió con todas las fuerzas. El minino, asombrado de la reacción de esa pequeña, la soltó. En tanto él se lamía la pata, la iguana aprovechó para escapar a toda velocidad.

Reptó por la pared del edificio más cercano. Este era más alto que la casa donde vivía, que el molino que bailaba con el viento, que los árboles guardianes de la granja. Con el corazón latiéndole como un tambor, la iguana mundana llegó a la terraza. Después de unos minutos, comentó con valentía:

—Por un gato no voy a regresar con la cola entre las patas.

En un rincón se dispuso a descansar. Despertó con el coro de los mininos que maullaban bajo la luna redonda. Ella podía enfrentarse a un gato… Tal vez a dos o tres… Pero, no a muchos más. Desde un muro, vio que los dedos de todas sus patas no bastaban para contar los gatos de los techos. De pronto, extrañó su hogar.  

Al otro día, se las arregló para regresar. Apenas vio el automóvil, no lo pensó más. En la granja, cuando la vieron saltar del guardafango, sus compañeros comentaron:

—Quiquiriqui, ¡miren quien viene por ahí!

—Cua, cua, se le ve cansada, nada más.

—Muuuu, ha regresado a su cielo azul.

—Beeee, ¿se volverá a ir otra vez?

Todos corrieron a saludarla. La iguana, emocionada, les agradeció la amistosa bienvenida.

Ahora, es noche profunda. Desde la copa de un árbol, después de que habló con una estrella, quiere conocer la luna.

Olga Cortez Barbera

Imagen Pixabay: Gatos, descarga gratuita

sábado, 22 de enero de 2022

Ernestina Piquetina

 


¡Qué bella era la pulga Ernestina Piquetina! Los únicos detalles más grandes que el nombre se centraban en su vanidad y el apetito sin medida.

Ella opinaba que sus compañeras lucían opacas y ordinarias. Sobre todo, cuando se contemplaba en las gotas de agua y decía:

—¡Guao, ni el arco iris tiene colores tan hermosos!

Como si eso fuera poco, la pulga parecía una atleta. Alardeaba de sus saltos olímpicos porque despedían montones de chispitas.

—¡Soy una bengala saltarina! —gritó un día con todas las fuerzas.  

—¡Qué insoportable se ha vuelto Ernestina! —exclamaron todas—. ¡Que se mantenga bien alejada de nosotras!

—¡Uy, qué miedo! —les contestó, mientras ejercitaba las patitas.

Así como a los niños les fascinaban los caramelos, ella enloquecía por la sangre tibia de los zorros del bosque. Por eso, siempre quería más.

Una tarde, después del almuerzo, la pulga descansaba panza arriba, llena hasta la saciedad. A punto de dormir, vio una mariposa que dibujaba extraordinarias piruetas en el aire.

Ernestina Piquetina sintió envidia. Ella podía participar en los saltos de garrocha y ganar. Pero, por muy alto que la llevaran sus rebotes, no podía volar.

Eso era un estorbo que le impedía probar las exquisiteces sanguíneas de los perros y gatos de la ciudad. Le fastidiaban los platillos de siempre.

Además de la experiencia gastronómica, ella soñaba con descubrir la vida más allá de las fronteras.

—¡Lo que dirían las pulgas si me convirtiera en una señorita de mundo! —dijo con una sonrisa burlona.

Saber que no era posible, la entristeció. Casi al borde de las lágrimas, murmuró:

—Si yo tuviera alas…  

El Mago de los insectos, que buscaba donde hacer la siesta, no pudo evitar escuchar y se compadeció:

—¿Qué te pasa, bonita? —preguntó—¿Para qué las alas?

—Quiero irme muy lejos.

—¿Por qué? ¿No te agrada el bosque?

—¡Eres un metiche! —exclamó y le dio la espalda.

“Esta pulguita sí es antipática”, pensó el Mago.

—A ver, dime en qué te puedo ayudar. Soy uno de los magos más poderosos de este lugar.

—¿De verdad? Entonces, dame alas y te lo agradeceré hasta el fin de las estrellas.

—¿Algo más?

—Sólo eso.

—Bien, si ese es tu deseo…

El Mago mezcló un cuarto de pezuña de garrapata, media ala de libélula muerta y una docena de gotas de rocío. El bosque escuchó el conjuro:

Zalamacana…

Zalamaquina…

Unas alas poderosas

para Ernestina Piquetina!

La pulga bebió el brebaje y se desmayó.

No sabemos cuánto tiempo pasó para que el sonido de los aleteos, blaca, blaca, blaca, blaca, la despertara. Entre las sombras, preguntó:

—¿Dónde estoy?

—En una cueva de murciélagos —le informó el Mago—. Ahora eres uno de ellos.

Asombrada, ella comentó:

—Es verdad. Tu hechizo ha logrado que tenga alas y un estómago más grande…También, me ha llevado lejos de casa... Debería sentirme feliz, pero, no era lo que esperaba.

—Yo cumplí, sólo diré eso.

—Sí, tienes razón. Debo tener cuidado con lo que quiero —concluyó—. Los murcielaguitos no están nada mal; sin embargo, este no es mi mundo.

Sintió nostalgia; una más grande que Goliat, el escarabajo africano:

—¡Qué tonta he sido, Mago! Necesito volver a mi hogar.      

Ahora, Ernestina Piquetina salta con sus lindas compañeras que relumbran, como perlitas negras, entre los bosques de pelaje animal.  

Olga Cortez Barbera

 

Imagen libre de derechos: Depositphotos 



viernes, 10 de diciembre de 2021

Un regalo de Navidad para Lorenzo



Entre las paredes de su nuevo destino, él no lograba entender por qué estaba encerrado en una jaula. Al mirar a sus compañeros, se dio cuenta de que también sentían una tristeza, tan larga, como la corriente del río a donde lo llevaban de vacaciones. Algunos de ellos fueron atrapados en la calle; otros, abandonados por sus propias familias humanas porque, de repente, se habían convertido en mascotas ancianas o fastidiosas. No importaba que hubieran sido los seres más fieles y leales.

El día que lo echaron del cuarto entendió, con toda la pena de su corazón canino, que se habían acabado los mimos y los besitos que tanto le gustaban. Al contrario, los rechazos, desde entonces, no pararon:

—¡Aléjate de la cuna!

—¡Sal del cuarto!

—¡Bájate del mueble, que lo llenas de pelos!

Nadie le explicó que, en ocasiones, por temor o desconocimiento, los humanos tomaban decisiones poco agradables para sus mascotas. La tarde que dejó de ser el más consentido de la familia y lo mudaron al patio, porque un bebé había llegado a casa, pudo percibir que nada volvería a ser igual.

A pesar de los saltos y los ladridos de bienvenida, no lo dejaron acercarse a él, como si fuera capaz de arañarlo. Eso era propio del Michu, que deshilachaba las cortinas, antes de que se lo llevaran los vecinos. En el patio, el inseparable almohadón que arrastraba a todas partes y donde dormía, cuando los demás miraban el televisor, se convirtió en algo áspero en las noches frías de luna, o sin ella.

Tal vez, si hubiera hecho caso, las cosas habrían sido distintas, pero, la puerta estaba abierta… Y si, acaso, había un culpable, ese era el árbol de navidad. ¿Quién podía resistirse a tantas bolas a su alcance? Eran parecidas a las que le habían regalado en las épocas de su juventud, cuando a todos les encantaba jugar con él. Ahora quería una de esas. Porque la verdad era que tenía un alma de cachorro que no podía doblegar el paso de los años.

¡Vaya, qué poca fortaleza la de ese árbol! Apenas comenzó a mordisquear las bolas, ¡cataplum!, el enramado se vino al suelo con todo el guindalejo que llevaba encima. En ningún momento se le ocurrió relacionar la caída con su sobrepeso. De nada le valió correr al patio y esconderse entre los arbustos.

—¡Basta, no lo aguanto más! —exclamó el humano de la casa.

Ahora, tirado en el suelo de aquel sitio extraño, se la pasaba deseando dormir y no despertar jamás. ¡Ojalá que todas las garrapatas del mundo vinieran y lo devoraran! Sin embargo, la suerte lo acompañó. En un descuido del vigilante, ¡zas!, escapó Era la oportunidad de regresar a su añorado hogar. El patio siempre sería mejor que aquella jaula.

Corrió de un lado a otro, atravesando calles y avenidas, sin ningún resultado. Todas eran iguales para él. Al paso de las horas, se dio cuenta de que andaba perdido. Ya no era un perro joven y el olfato no le servía de mucho. Asustado y hambriento, en un callejón abandonado, se dispuso a pasar la noche.

Había llovido y los pozos de agua abundaban. La imagen en uno de ellos atrapó su atención. Estiró una pata para tocarla, pero la luna se deshizo en suaves ondas. Recordó lo que le pasó cuando quiso tocar la imagen del humano. Al escuchar la risa, se dio cuenta de que reía a sus espaldas y no en el espejo. Dio un salto a la cama para lamerle el rostro. Ahora, el humano y la luna estaban demasiado lejos. Casi se dormía, cuando escuchó un ladrido:

—¡Guau! ¿Qué te trae por aquí? —preguntó Gigantón, un perro mestizo que salió de las sombras.

—Estoy cansado y quiero dormir.

—Se nota que eres un sometido. ¡Mira nada más el collar que traes! Los de tu clase no deberían andar por estos barrios oscuros y peligrosos.

—Quiero regresar a mi casa y no puedo encontrarla.

—Si te echaron, mejor te acostumbras. Ya he conocido a varios como tú. No te preocupes, pronto aprenderás cómo es la vida en las calles.

Al principio, todo le parecía una gran aventura. La libertad no era subirse a las camas, saltar a los muebles, correr en el patio de la casa o en el parque con vallas. Para él y sus amigos, esto último era lo máximo, aunque, de vez en cuando, alguno se preguntara qué había más allá. Después, al recibir los mimos humanos, la curiosidad dejaba de tener importancia. Ahora, en compañía de Gigantón, se sentía como una guacamaya en el cielo.

A medida que pasaba el tiempo, comprendía que vivir en la calle no era fácil, empezando por la comida. Los desperdicios, cuando los encontraban, no eran comparables con las croquetas aderezadas que le daban en casa. Optó por despreciarlos. A los pocos días, los gruñidos en el estómago le hicieron cambiar de opinión.

La intemperie era un suplicio. No estaba acostumbrado a dormir en el suelo. Aún en el patio, tenía su camita acolchada. Y qué decir de los baños periódicos que lo mantenían alejado de las pulgas. Era una gran molestia tener que rascarse con frecuencia. Con todo, sucio, enmarañado y, en ocasiones, hambriento, sentía que la vida en las calles era soportable, mientras Gigantón estuviera a su lado. Una mañana, para su infortunio, no pudo despertarlo.

Solo y triste, vagaba a la par del tiempo que le hacía sentirse, cada vez, más cansado. Una tarde, vio al humano que lo había abandonado. Caminó hacia él, meneando la cola, como en los viejos tiempos. El humano apenas lo miró y subió al carro. Haciendo un gran esfuerzo corrió, tras él, un largo trecho, hasta que no pudo más. La tristeza, en sus ojos, se hizo mayor.

Una noche, (¡quién sabe cuánto tiempo después!), se sintió atraído por las luces del árbol de navidad, a la entrada de un conjunto residencial. Recordó su vida anterior y, con la sencillez de las almas caninas, deseó, no volver a un hogar donde no lo querían, si no a uno en el que pudiera descansar el peso de sus largos años. Con ese pensamiento, se durmió debajo del árbol de navidad.

Las voces y los ladridos lo despertaron. Venían de un parque cercano. A pesar del polvo por los caminos recorridos, seguía siendo un perro adorable. Le fue fácil ser aceptado. Pronto se hizo amigo de los humanos y sus mascotas. No tardaron en llevarlo al veterinario. Fue un alivio librarse de las pulgas. Lo aceptaron como a un miembro más de la urbanización.

—¿Cómo lo llamaremos? —dijo alguien.

—¿Qué les parece si le ponemos Lorenzo? —dijo otro.

Lorenzo… Volver a tener un nombre le hizo saltar de alegría. Atrás quedaba el eco del anterior y la vida ruda.

A Lorenzo le gustaba caminar por los alrededores, lucir su nuevo collar y saludar a las mascotas, cuando las sacaban a pasear. En el parque, si corría con ellas, siempre quedaba rezagado porque ya tenía la edad de los perros sabios. Disfrutaba de las caricias y las croquetas que le llevaban los vecinos.  

La Nochebuena lo encontró contemplando los balcones. Le hubiera gustado estar asomado en uno de ellos, como sus nuevos amigos, ladrando alegremente a todos los que pasaban. Estaba convencido de que eso no era posible. ¿Quién querría cuidar a un perro tan viejo?  Al rato, la luna vigilaba su sueño.

Aún el sol no salía, cuando escuchó la voz:

—Lorenzo, despierta, vamos a casa. Desde hoy, vivirás conmigo.

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Olga Cortez Barbera

 

Pixabay: Fotos Gratis

 


domingo, 31 de octubre de 2021

Una mariposa orgullosa


En la selva, a un costado de la montaña, todo era perfecto. La cascada cantaba sin parar y las flores coqueteaban con el cielo azul. Monarca, la Mariposa Real, había puesto sus esfuerzos en obtener un espacio donde sus súbditos pudieran revolotear en completa armonía. Cuando la lluvia las visitaba, era una especie de rocío que les humedecía las alas. Estas brillaban como sutiles arcoíris. En ese espacio, sólo las mariposas eran aceptadas.

Para que las cosas funcionaran, como ella deseaba, había que cumplir con ciertas normas: no traspasar los límites de esa parte de la selva, ni compartir con extraños, entre otras. Los padres aconsejaban a sus hijas, y estas, obedientes, jugaban a la ronda, entre los juncos y la flores. Las mariposas menores, como los niños, eran curiosas. A veces, descansando sobre los pétalos veían, en la distancia, las suaves colinas. Comentaban, entre ellas, que les gustaría explorar aquel mundo misterioso. La más revoltosa y atrevida, decidió averiguar.

—¡Ten cuidado! —exclamaron sus compañeras.

Sacudió sus antenas y se alejó muy contenta. Explorando aquí y jugando allá, llegó a una arboleda donde un coro de zumbidos atrajo su atención. Eran las abejas que trabajaban en su casa, un panal construido entre las ramas. La pequeña mariposa se asombró con tanto movimiento. Una abeja se acercó:

—Hola, ¿quién eres? — preguntó a la mariposa.

—¿Qué están haciendo? — le respondió ella, con otra pregunta.

—Fabricando miel para cuando llegue el invierno. ¿Quieres jugar conmigo?

—¡Claro! Me gustaría que fueras mi amiga.

Surcaron el aire hasta la orilla de un río, donde pasaron las horas retozando sin cansarse, escapando de la lengua cazadora de los sapos y haciéndoles cosquillas a las narices de los monos. La mariposa nunca se había divertido tanto. Sin embargo, al llegar el atardecer, le dijo a su amiga que era el momento de volver a casa.

—¿No puedes quedarte un poco más? —preguntó la abeja—.  Falta poco para que veas cómo la luna se mira en el río.  

—Si no me voy ahora, seguro que me llaman la atención.

La pequeña mariposa le pidió a la abeja que la acompañara. Deseaba que todas conocieran a su nueva amiga. No imaginó que tropezaría contra la voluntad de Monarca. Esta no podía permitir que las agraciadas mariposas se mezclaran, según su opinión, con la fealdad de otros insectos.

—¡Aléjala de aquí! —exclamó, mientras volaba a otro lado.

 La abeja, al ver a su amiga, avergonzada, le hizo un guiño:

—No te preocupes, ya encontraremos la forma de continuar nuestra amistad.

La mariposita era rebelde. Al amanecer, en un descuido, decidió volver a la arboleda. A excepción de la abeja reina, todas habían volado hacia las florestas. Aburrida, decidió ir al río. En el camino tropezó con una luciérnaga que aleteaba, de un lado a otro, lamentando su suerte:

— ¿Qué te sucede? —le preguntó la mariposa.

—Una verdadera desgracia. El sol secó los pantanos donde vivimos y no encuentro dónde llevar a mi familia.

La mariposa rebelde era solidaria. Sin medir las consecuencias, le ofreció ayuda: 

—Yo vivo en un campo lleno de flores. Una cascada canta a toda hora. Si te parece, pueden quedarse allí el tiempo que sea necesario.

Cuando Monarca la vio llegar con las luciérnagas, dominada por su orgullo, protestó:

—¡¿Eres tonta?! ¿Cuántas veces tengo que decirlo? ¡No estoy dispuesta a compartir mis dominios, menos con esa plaga sin gracia!

La mariposa se sonrojó. Eso no la detuvo para auxiliar a sus recientes amigas.

—Tengo una idea —les dijo.

Las llevó a la arboleda, esperando contar con la bondad de las abejas. Las luciérnagas encontraron cobijo.

A los dominios de Monarca no habían llegado los rumores de lo que sucedía al otro lado de sus fronteras. El desastre la tomó desprevenida. El clima, que hacía y deshacía a su capricho, estaba causando estragos por toda la selva. Se asustó cuando las nubes grises cubrieron el cielo, antes de estallar la tormenta. La oscuridad le impedía ver más allá de su nariz. Las flores recogieron sus pétalos para soportar lo que les venía. Monarca comprendió que podían morir de hambre y de frío.

Todas estaban aterradas. La solidaria mariposita frunció el ceño; no iba a quedarse con las alas cruzadas. Conocía bien el camino y eso le facilitaba ir en busca de ayuda. Sin pensarlo más, atravesó los aires. En la arboleda la recibieron sus amigas. La tempestad afectaba a todos los habitantes de la selva; sin embargo, no dudaron en auxiliarla. La luciérnaga se ofreció a regresar con ella.

Monarca, ocultando el miedo que casi le paralizaba las alas, las vio llegar. Quiso elevar la protesta, pero, viendo que la tormenta estaba por romper, lo pensó mejor. Si se ponía con muchos remilgos, era posible que la dejaran abandonada. Sin más, se unió al enjambre que seguía a la luciérnaga. La colita encendida era una lámpara a través de la oscuridad.

Nada más llegar a la arboleda, Monarca comenzó a sentirse bien. Comprobó que los problemas compartidos eran menores. A pesar del mal tiempo, reinaba la alegría, entre las dulces gotas de miel y el calor de la amistad. Decidió dejar al lado su orgullo y su afán de criticar a los demás:

—Si las miro bien, no son feas —se dijo—; las luciérnagas parecen estrellas, y las abejas, florecitas.

Recordó que ella, antes de ser la preciosa mariposa que era, había sido una oruga, no muy agraciada, por cierto. Extendió las alas y revoloteó como nunca antes lo había hecho. Desde entonces, no hubo amiga mejor.

Olga Cortez Barbera

 

Imagen: 123RF Con jardín de mariposas - Libre de derechos