jueves, 19 de agosto de 2021

Orejón

 



Ilustrador: Richard León Leonice

Artista Plástico


Es maravilloso ver los ojos de un niño cuando contempla la gracia y la belleza de su mascota; pareciera tenderse un puente entre ellos, una camaradería especial, la complicidad de los buenos amigos. Dar gusto ver a los chicos correr tras las colas de sus perros, ver cómo rascan sus barrigas, acarician sus lomos y pegan sus narices a las de sus peludos compañeros. Esos momentos de juegos, carreras y descubrimientos significan mucho en el imaginario infantil y abonan la sensibilidad de quienes serán los hombres y las mujeres del futuro. Reciba el lector este libro, y advertimos: sus páginas las pasean unos pequeños seres de orejas largas, patas cortas, ojos caídos y narices frías; corren de un cuento al otro, se echan donde menos se espera y, quizás, se rasquen discretamente el cuello y husmeen por acá y por allá.

Fundación Editorial El Perro y la Rana 2010




Orejas, Orejotas,

¿puedes decirme un secreto?,

¿por qué barres las calzadas?,

¿no te irrita el pavimento?

 

Besa el fresco rocío

los jardines en la alborada,

Orejotas, ¿sientes el frío

que deja la madrugada?

 

¿Gusta a las mariposas,

los coquitos y a las hadas

que juegues entre las rosas

y huelas a tierra mojada?

 

Eres nobleza y ternura,

me lo ha dicho el colibrí,

ojitos que manan dulzura

y carita de yo no fui.


Enano de cuatro patas

que corres por el corredor,

fisgoneas entre las matas

con tu olfato de cazador.

 

Dime dónde han quedado

las huellas de tu estirpe.

¿Por mí te has olvidado

de praderas al aire libre?

 

Me cuenta el aire silbón

que viene de las riveras,

mil conejos de algodón

te esperan en la pradera.



Mi amigo es orejón





Mi amigo no es un fenómeno. ¡Claro que no! Aunque sea el orejón más grande que he visto en mi vida. Me provocaba guindarlo por las orejas, como a una piñata, pero…, ¿si se les caían? Tal vez, lograba verse más feo.

Me causaba mucha risa. Con esas orejas tan grandes, no quería que saliera conmigo. ¿Si, por su culpa, mis amigos se burlaban de mí? No conocía otro igual. Era preferible que se quedara en casa. Mamá decía que eso no estaba bien. Todos necesitamos los paseos al aire libre. Además, el orejón era huérfano. Ella sentía pena por él y lo acariciaba, lo que me enojaba un montón.

Mamá cree que a los hijos únicos les hace falta con quien jugar. Por eso, pensaba que sería fabuloso que él fuera como un hermano.

—¡¿Hermano?! —exclamé—. Ojalá no se convierta en mi enemigo.

Yo deseaba ocultar sus orejas de elefante. Como no dejaba de verme, me hacía el indiferente. ¡Para nada! Mamá se empeñaba hasta que durmiera en mi cuarto.

Una cirugía era capaz de resolver el problema. Con orejas pequeñas se vería normal. Desistí porque debía doler demasiado. Luego, se me ocurrió envolverle la cabeza, como si fuera un faquir. ¡Ja! Las burlas podían ser mayores. Al final, le puse una gorra. Se la quitó.

A los pocos días, me di cuenta de lo obediente que era. Hacía lo que Mamá le ordenaba. No era malcriado como lo era yo. Casi no lo sentíamos, como si temiera que, en casa, no lo quisieran más. Supuse que sólo deseaba quedarse y no robarme el amor de mis padres.

Decidí darnos la oportunidad de conocernos. Cuando llegué del colegio, le dije:

—Vamos a jugar fútbol.

Los ojos le brillaron y me siguió, muy contento. En el patio, lo miré con atención. Rechoncho y con las piernas cortas y torcidas, no debía jugar muy bien. Pero, me llevé una sorpresa. Era ágil como un venado y, cuando atrapaba la pelota, corría como si lo persiguieran los demonios. Era más rápido que yo. Y daba unas zancadas, que casi parecía un atleta olímpico. Después, descansamos en la grama. Mamá me trajo la merienda y la compartí con él.

Papá se puso contento cuando supo que ya lo había aceptado y andábamos más tiempo juntos. A veces, me fastidiaba porque, además de orejón, era glotón. Acababa su comida y, luego, quería la mía. Engordaba tan rápido, que Mamá temía que enfermara. Por eso, me aconsejaba que no le diera de mis golosinas. El orejón apenas sospechaba, me seguía. Lo entiendo porque a mí también me encantan las golosinas. Así que le daba un trozo y le decía:

—Allá tú, Felipe, si revientas como un globo.

Mis amigos me invitaron a jugar fútbol. Todos querían conocerlo.

—Está bien —les dije—, nos vemos en el parque.

En la noche no podía dormir pensando en lo que dirían al verlo. Ya le había tomado cariño a Felipe y nos llevábamos muy bien. Si antes me daba vergüenza que se burlaran de mí, ahora más me dolería que se burlaran de él. Además, me preocupaba lo que pudiera decir Patricia, la niña de los ojos más bonitos que, también, estaría en el parque.

Mi amigo fue aceptado de inmediato.

 Sus orejas no pasaron desapercibidas, y alguien se hizo el chistoso:

—Parece un chancho.

Patricia ignoró el comentario y exclamó:

—¡Qué simpático eres!

Mientras los muchachos fuimos a patear la pelota, ella y Felipe se quedaron bajo la sombra de un árbol. En un pase, alguien metió el pie y caí. Se me dobló el tobillo. Renqueando, llegué a un banco. Mi amigo, nada más ver lo que pasaba, corrió a mi lado. Todos siguieron el juego sin mí, Patricia se unió a sus amigas.

A Felipe no le importó apartarse de la niña más linda del mundo para acompañarme. Era una muestra de solidaridad. No necesitaba hablar para que yo comprendiera que él siempre sería así: un amigo incondicional.

Es verdad, mi amigo es orejón, rechoncho y cambeto. Pero, ya no lo veo feo; al contrario, es lo máximo, un noble y hermoso perro cazador.


Sony y Bubú



Maltratado y baboseado, el muñeco Bubú volaba sin poderlo evitar. Sus manitas trataban de aferrarse a las cortinas, pero no podía. En el suelo, Sony, la cachorrita orejona, lo zarandeaba con el hocico, hasta que lo volvía al aire. El muñeco volaba, de nuevo, mientras que las cortinas se alejaban, cada vez, más. Ellas, bailando al ritmo de la brisa, comentaban, entre sí:

—Bubú cree que somos tablas de salvación. Si quiere una, que la busque en el mar.

El muñeco resistía los golpes; estaba hecho para eso. En cambio, no podía escapar del mareo, mientras el mundo giraba sin control:

—¡Ahí voy, otra vez!

Pequeño e indefenso, boing boing, rebotaba en el suelo. Para él, la cachorra era tan grande como un dinosaurio. Por fortuna, Sony lo lanzó con tanta fuerza, que atravesó la ventana para aterrizar entre las ramas del rosal.

—¡Qué buena suerte! —exclamó Bubú—, ojalá no me encuentre; así podré descansar.

Sony era una perrita Basset Hound muy feliz. Desde que llegó supo que sería la reina de la casa. Las largas orejas y la mirada soñadora fueron suficientes para enternecer a sus familiares humanos. No imaginaron lo terriblemente traviesos que solían ser los cachorros de esa raza, la facilidad con que caían en el aburrimiento. Cuando ella entró por la puerta, la tranquilidad salió por otra.

Se ponía a ladrar por cualquier cosa. Los canarios se asustaban y el gato huía, al escucharla. Galopaba, como loca, sin importarle romper los materos a su paso. Roía las sillas y destrozaba los zapatos. Brincaba a las camas, sin permiso, destrozando las almohadas. A ella poco le importaba que le llamaran la atención. En vez de avergonzarse, escapaba antes de que fuera castigada. A los minutos, volvía con una mirada tan tierna, que todos olvidaban sus fechorías caninas. Encontraron la solución.

Comenzó el desfile de juguetes: huesos, aros, trenzas, pelotas… Jugaba con ellos un poco, nada más. Fastidiada, yacía suspirando sobre su almohadón:

—Guau, ¡cómo me gustaría un hermano para jugar!

Esos momentos eran un enorme globo cargado de aburrimientos. Se dejaba llevar por las hadas de los sueños para olvidar su soledad. Un día, todo cambió, cuando le trajeron el muñeco silencioso. Sony lo amó desde el principio.

Bubú se convirtió en el mejor de los compañeros. Se les veía juntos debajo de las camas, sobre los sillones y tomando sol en la terraza. La orejona lo llevaba a rastras, a todas partes. No podía dormir sin él a su lado. Sony y Bubú eran inseparables.

Cuando el muñeco desapareció en el rosal, ella se sintió desconcertada. No podía desintegrarse en el aire, el olfato le decía que estaba cerca. Lo buscó por los rincones, debajo de los sillones y no lo encontró. Salió al jardín y sus ojos no dieron con él. Desesperada, comenzó a gemir. Estaba tan triste, que le preguntaron:

—¿Qué tienes, Sony?

Su respuesta fue un gemido mayor. Pensando que algo le dolía, la llevaron a la clínica. La orejona no dejaba de gemir. Para los expertos en lenguaje canino, ella decía:

—Mi Bubú, mi muñequito…

El veterinario le revisó los colmillos, escuchó el tamborileo del corazón, le apretó la pancita y le examinó las orejas. La acarició y le habló con ternura, pero ella seguía deprimida. Él se acomodó los lentes y se rascó la cabeza. Preocupados, los familiares preguntaron:

—¿Es grave, doctor?

 —Al contrario —respondió—; no existe, entre mis numerosos pacientes, mascota más saludable.

El asistente entró con una deliciosa chupeta canina. Sony comenzó a mover la cola. En un mordisco, olvidó su profunda pena.

A ella le encantaba pasear en auto, aunque se quedara dormida. Ese día, asomada por la ventanilla, disfrutó las corrientes de aire. Cuando llegó a casa, recordó a su compañero. Al no encontrarlo, se tiró al suelo, con el firme propósito de no levantarse y suspirar hasta desfallecer.   

Al otro día, Bubú estaba preocupado. No era gracioso quedarse entre hojas e insectos por toda la eternidad. El tenía una misión muy seria: Divertir a Sony, aunque sus juegos fueran hartos pesados. La extrañaba. Sin ella, la noche había sido muy fría. ¿Qué importaba un empellón de vez en cuando? Comenzó a gritar en silencio:

—Sony, ¡sácame de aquí, por favor!

El rosal lo tranquilizó:

—Espera un poco, Bubú. Pronto vendrán a darme mi ración de agua.

Así fue. La joven quitaba las hojas secas, cuando apareció el muñeco guindando de una espina. La orejona lo vio y empezó a saltar en dos patas.

—¿Eso era lo que te pasaba, Sony? Te hacía falta el muñeco...

Riendo, se lo lanzó. Bubú, feliz, como nunca antes lo había sido, atravesó el espacio, al encuentro de su estrella. Sony saltó para atraparlo. Fue un acto mágico. Por un instante, ambos quedaron suspendidos en el aire, tiempo suficiente para que se vieran, frente a frente, y palparan el dulce amor que existía entre los dos.    

     

Era una vez un astronauta



Bien, mi querida Luna, súbete al sofá. Quédate tranquila. Deja de mirar hacia los lados, mover la cola o rascarte las orejas. Acomoda tu cuerpo firme, extiende las patas delanteras y coloca la trompa sobre ellas. ¿Quieres saber por qué llevas ese nombre? Presta atención. Era una vez un hombre que fue a la luna… Era una vez un astronauta.

Cuando, aquel memorable día, el astronauta puso los pies sobre la superficie lunar, se convirtió en el primer hombre en hacerlo. Sin tomar en consideración a los seres humanos que se dice “viven en la luna”, y que la historia no los toma en cuenta. Se dice que, además de los cráteres, el famoso astronauta encontró centenas de perritos que habitaban allí desde tiempos inmemorables.

Por ellos se enteró de que la luna y el sol vivieron hace millones de años en este planeta. En los archivos reposa una leyenda nigeriana que así lo confirma. Según ésta, la redonda pareja se casó y construyó una hermosa casa en tierra seca. Ellos invitaron a su gran amigo, Océano, que inundó todas las habitaciones con sus amplias lengüetadas salobres. A ellos les dio vergüenza pedirle que se fuera; como no querían mojarse, decidieron ir subiendo, en la medida en que las aguas crecían.

Fue así cómo el sol y la luna se alejaron y se establecieron en el cielo para siempre. Y aunque se turnan para observarnos con curiosidad, nunca más visitaron la Tierra, desde entonces. Sin embargo, la luna muere de nostalgia porque no puede regresar al sitio más bonito que existe dentro de la Vía Láctea.

Parece que, cuando vivía aquí, era muy feliz, y siempre andaba lozana y esférica. Ella creía que podía dar a luz en cualquier momento. Su sueño era tener un montón de lunitas. Como no pudo, ahora muestra sus cambios de humor a través de las diferentes fases que le conocemos, y con su influencia sobre el movimiento de las olas.

Una noche, hastiada de tanta inmensidad, se puso a escuchar los pensamientos humanos. Así se enteró que la humanidad necesitaba compartir la vida con compañeros leales, discretos e incondicionales. Entre los hombres y las mujeres no era fácil encontrarlos. La luna, que no podía parir lunitas, pensó que un sueño se podía alcanzar de diferentes maneras.

Se citó con el Sol y se encontraron al atardecer, a esa hora en que las aves regresan a sus nidos y en que los dos se miran sin poder tocarse, pero que les permite comunicarse con tranquilidad. El ardiente astro entendía lo que anhelaba hacer su esposa. Así, le dijo:

—Espera a que llegue la luz del nuevo día, toma otra forma y baja a Tierra. Ve hasta el reino animal que allí encontrarás lo que deseas.

Convertida en un espíritu bondadoso de los bosques, recorrió montañas, estepas y praderas. Supo que todas las especies querían acercarse a los humanos; la mayoría de los animales no lo intentaban porque les temían. La luna les explicó que todos guardaban, en el fondo, corazones de niños. Debían aprender cómo cautivarlos.

Los pájaros, los gatos y los caballos comenzaron a practicar. Las casas, los corrales y los establos se llenaron de trinos, maullidos y relinchos. Los lobos abandonaron sus madrigueras para acercarse, poco a poco, a las hogueras de los cazadores. Pronto, hombres, niños y mujeres se rendían a su belleza y los llevaban a sus casas.

La luna, convertida en espíritu, siguió explorando entre los frondosos árboles, hasta que tropezó con dos basset hound que jugaban con la semilla de un melocotón. Después de escuchar lo que ella deseaba, decidieron acompañarla. En la noche, cuando el reino animal dormía, la luna tomó su verdadera forma y se los llevó en la redondez de su barriga. Y unos conejitos, que querían seguir correteando con sus amigos caninos, se fueron detrás de ellos, como polizontes; es decir, escondidos, para que ella no se diera cuenta.

Desde ese día la luna, en vez de lunitas, ve nacer cachorros tiernos y orejones. Allí aprenden lecciones de nobleza y fidelidad. Cuando una mascota llega a su nueva casa es porque ha bajado cabalgando sobre la punta de una estrella. Sabe que su tarea es convertirse en el mejor amigo, sobre todo, de los niños.

La luna es romántica y traviesa. A veces, susurra su nombre al viento para que lo lleve hasta la mente de los seres humanos. Así es como llega su nombre a tantas mascotas. Así, querida Luna, llegó el tuyo. Y ella puede cumplir su sueño y dejar las huellas en el añorado planeta.

Cuentan que al astronauta le hicieron muchas entrevistas cuando regresó de su largo viaje. Él afirmaba que era otro hombre: por la experiencia de haber caminado sobre la superficie del remoto satélite y por haber visto la cantidad de orejones que se preparaban para viajar a la Tierra. Te voy a contar un secreto, espero que no lo divulgues. Dicen que tu tatarabuela aventurera se vino escondida en un bolsillo del traje espacial.

 

UN BASSET HOUND LLAMADO EMPERADOR




No podía llevar otro nombre, ¡no señor! Él era así. Deseaba que todos hicieran lo que él quería, como lo quería y cuando lo quería. Era testarudo y un experto en el arte de la manipulación. Esperaba que todo el mundo estuviera a su merced, como sucedía con las grandes majestades de la historia. Andaba muy feliz, hasta el día en que lo dejaron abandonado en la celda fría de una clínica veterinaria y en compañía de mascotas desconocidas.

Emperador estaba acostumbrado a obedecer sólo a su canina voluntad. Por ejemplo, salía a pasear sólo cuando le daba la gana. En las mañanas, si todavía le arropaba el sueño, algo común en su especie, se convertía en un fardo pesado. De esa forma, evitaba que le pusieran la correa y lo sacaran de su tibia cama. Cuando quería salir, ¡ja!, era otra cosa, saltaba en dos patas. Y no dejaba de aruñar la puerta, hasta que lo complacían.

Con la comida era igual, ¡wof! Cuando se cansaba de los granos de la bolsa, en vez de comerlos, los regaba por el piso. Aun con su glotonería sin límites, sabía esperar. A los pocos minutos, la humana llegaba para agregarle trocitos de comida deliciosa. El alimento procesado se convertía en un manjar y él dejaba el plato limpiecito.

Si quería mimos, no había nada mejor que utilizar sus trucos. Pronto supo cómo lograr que buscaran su compañía, le hicieran cosquillas y le acariciaran la cabeza. Era una fortuna tener orejas largas y mirada soñadora. Su raza era irresistible. Tanto así, que algunos de sus amigos habían sido contratados para hacer comerciales. A la gente le gustaba más el orejón modelo, que el producto.

Emperador era tan cautivante, que nunca imaginó que pudiera ser abandonado. ¡Humana traición! No entendía qué pudo haber hecho mal. Siempre se comportó como un digno representante de su especie. Quizás, si esto hubiera pasado antes, cuando era un cachorro terrible y desordenado, lo hubiera comprendido.

Recordó la tarde en que llegó a aquella casa. Lo recibió una cama tibia y un montón de juguetes. ¿Cómo no sentirse contento con su nueva familia? Sin embargo, la cama y los juguetes fueron abandonados rápidamente. Más cómodo y divertido era dormir con la humana y jugar con sus cosas. En poco tiempo, estaban destrozadas. Ella se vio obligada a contratar un entrenador.

—Guau —pensaba Emperador—, ¡no soy una fiera, sólo algo juguetón!

Obedecía las clases, hasta que el entrenador se marchaba. Luego, volvía a comportarse como siempre.

La rebeldía se fue transformando en nobleza y fidelidad. Ahora, era un orejón tranquilo y cariñoso, aunque de vez en cuando despertara su instinto y cometiera algunas de sus antiguas travesuras. Los basset hound tienen un alma de cachorro que la edad no puede doblegar.

Adoraba a su humana. Si ella reía, él ladraba de contento. Si entristecía, él también. Aunque no entendiera el lenguaje de las palabras, podía interpretar el idioma de los sentimientos. Supo cómo y cuánto lo amaban. Emperador correspondía con fidelidad infinita. Cuando ella llegaba tarde, él salía de sus sueños para darle la bienvenida. La recompensa, un montón de mimos.

Ahora, le parecía que todo formaba parte del pasado. ¿Por qué lo había abandonado? ¿Por el jarrón que rompió? No fue su culpa. Los accidentes sucedían. Además, en casa pasaban cosas que lo habían desorientado: muebles y cajas arrumados, humanos desconocidos que entraban y salían con paquetes. Quiso subir a la cama y no lo dejaron. Fue hacia el balcón y se llevó, sin querer, el jarrón por el medio.

No era la primera vez que destrozaba uno y no había pasado nada. ¿Por qué lo castigaban ahora, dejándolo en aquel lugar? Si no fue por eso, ¿era que estaba viejo y ya no lo querían? No era el cachorro que ella había adoptado, ni la mascota joven con la que paseaba por el parque, pero seguía siendo un compañero fiel. ¿Un jarrón resultaba más importante que toda una vida de lealtad? Emperador dio un largo suspiro. Si tuviera la oportunidad de regresar, no volvería a romper un jarrón, pensó, sin recordar que un Basset Hound echaba las promesas al olvido.

 Al otro día, lo sacaron de la jaula para bañarlo. Qué podía importarle estar aseado si no volvía a ver a la humana. Su corazón aullaba, en silencio. Con la trompa pegada al piso, lamentaba su triste destino. Quería morir de hambre. ¡Ojalá vinieran todas las pulgas de las calles y acabaran con él! Su mundo se había convertido en un balón roto.

 De pronto, escuchó una voz:

—Emperador, cariño, ¿dónde estás?

Comenzó a ladrar de contento. La humana venía a buscarlo.

 —Ya terminó la mudanza. Podemos irnos a nuestro nuevo hogar —le dijo, mientras lo acariciaba.

Ella no lo había traicionado. Sólo quiso evitarle las molestias de la mudanza.

Le esperaba una linda sorpresa: un almohadón nuevo, suave y mullido. Lo acomodó a su gusto. Todo estaba en orden. Atrás quedó la triste experiencia. Las mascotas, muy pronto, echaban las penas al olvido. Se sentía feliz. Era el emperador del hogar.




El sonido de la mañana

entra a la habitación,

mis orejotas se alistan

y prestan mucha atención.

 

Camino por el pasillo

y todo está en silencio,

no hay nada en mi pocillo,

¡no tiene ni un solo hueso!

 

La puerta está abierta,

me asomo con lentitud,

en cama se dan la vuelta,

¡qué acto de ingratitud!

 

Me anuncio con un ladrido:

¡Oigan, estoy en el cuarto!,

Sólo me ha respondido

el ronroneo del gato.

 

Si no saco mal las cuentas,

hoy es el fin de semana,

es como un día de fiesta,

¡salgamos pronto de casa!

 

Humano lleva el pijama

de tela que a mí me gusta,

los ojos, se tapa Humana

con algo que me asusta.

 

Tengo las patas muy cortas

y la contextura pesada,

¿acaso eso importa?,

de un salto subo a la cama.

 

Los despertó la sorpresa,

¡cómo sonríen los dos!,

él acarició mi cabeza

y ella me la besó


Olga Cortez Barbera



1 comentario:

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